Vi la película Despedidas (Okuribito) en un momento de mi vida en el quenecesitaba cerrar algo sin saber muy bien cómo hacerlo. Y esa historia,aparentemente sencilla, me conmovió profundamente.Habla de la muerte, sí. Pero sobre todo habla de la vida. De cómo despedirsecon dignidad, con amor, con presencia. De cómo los rituales, aunque sencillos,nos devuelven humanidad, nos permiten soltar… y también dar las gracias.Hay algo sagrado en los finales bien acompañados. No importa si hablamos deuna pérdida, de una etapa que termina, de una decisión tomada… Cuando nosdamos permiso para mirar el cierre con respeto y conciencia, algo dentro seacomoda. Se ordena.Porque no se trata solo de dejar ir. Se trata de honrar lo vivido. De agradecer loque fue y dar espacio a lo que viene.Despedidas me recordó que cerrar no es renunciar, es rendirse de formaconsciente a lo que ya no está, a lo que cumplió su ciclo. Y que en ese gestohay belleza, hay sanación, hay verdad.Así trabajo también en los procesos terapéuticos: acompañando a soltar consentido, no desde el vacío, sino desde el reconocimiento.Quizás no se trate de una gran pérdida. Quizás es algo más sutil: una relaciónque ya no nutre, un trabajo que ya no vibra contigo, una parte de ti que quierecambiar. Cualquiera que sea esa despedida, merece ser vivida con presencia.Hay belleza en lo que se va, cuando lo dejamos partir con el corazón abierto.
