(Inspirado en la película Sócrates)
Hay películas que no se olvidan. No por sus efectos ni por su música, sino por
la forma en que logran tocar lo que es íntimamente humano. Sócrates es una
de esas películas.
La historia de un joven que, tras la muerte repentina de su madre, queda solo,
sin apoyo, sin dinero, sin lugar al que volver. En su dolor, en su lucha diaria por
sobrevivir, por seguir adelante, por sostener su dignidad… hay una verdad que
no necesita explicarse. Se siente.
Cuando el dolor nos arranca de todo lo conocido
La vida nos enfrenta, a veces sin previo aviso, a pérdidas que nos dejan
vacías. A momentos donde todo lo que dábamos por hecho desaparece. Y ahí,
en ese espacio sin suelo, sin certezas, sin abrigo, aparece la pregunta: ¿Cómo
sigo adelante con todo esto dentro?
Sócrates, aún siendo tan joven, no huye de esa pregunta. No busca soluciones
rápidas. Camina. Cae. Se levanta. Llora. Ama. Se quiebra. Y en esa crudeza,
nos recuerda que el dolor, aunque nos derrumbe, también puede ser un
umbral.
La dignidad como resistencia silenciosa
Lo que más conmueve de esta historia no es lo que le pasa, sino cómo elige
seguir adelante sin perder su verdad interior. En medio del abandono y la
exclusión, el protagonista sostiene algo inquebrantable: su humanidad. Y ese
gesto silencioso, sin grandes discursos, tiene una fuerza que atraviesa la
pantalla… y el alma.
En terapia, a veces acompañamos procesos similares. Mujeres que se han
quedado sin suelo, sin referentes, sin energía para sostenerlo todo. Y sin
embargo, algo dentro sigue latiendo: un hilo del que tirar, una semilla que aún
no ha muerto.
Lo que Sócrates me recordó
Que la transformación no siempre empieza con un plan. A veces empieza con
una herida. Con el vacío. Con un día en el que ya no podemos más… y aún
así, seguimos.
Y que a veces, lo más valiente que podemos hacer es estar con nosotras
mismas, incluso cuando no sabemos cómo seguir. Habitar ese dolor, mirarlo de
frente, y desde ahí… poco a poco… empezar a construir algo nuevo.
Si tú también estás en un momento de reconstrucción…
No hace falta tener todas las respuestas. Solo hace falta empezar a
escucharte de verdad. Honrar tu dolor, tu historia, tu forma única de levantarte.
Y si sientes que no puedes sola, estaré aquí para caminar contigo, sin juicio,
sin prisa, con respeto y presencia.
Porque a veces, el dolor que parecía el final… es solo el inicio de una vida
más consciente, más libre, más tuya.
